miércoles, enero 31, 2007
Filosofía y letras
Ingenuidad
Para una sociología de la vida cotidiana
Aqui va lo que dice:
“Algunas formas de vida distintas de las vigentes tienen gracia, indudablemente. Para mejor y para peor, las cosas podrían ser de otra manera y la vida cotidiana de cada uno y cada una, así como la de los ‘cadaunitos’ sería bastante diferente. La persona lectora no obtendrá de este libro recetas para cambiar la vida ni –sin que vayamos a hilar demasiado fino sobre la cuestión- grandes incitaciones a cambiarla, pero sí algunas consideraciones sobre el hecho de que las cosas no son necesariamente, naturalmente, como son ahora y aquí. Saberlo le resultará útil para contestar a algunos entusiastas del orden y el desorden establecidos, que a menudo dicen que ‘es bueno y natural esto y aquello’ y poder decirles educadamente ‘veamos si es bueno o no, porque natural no es’. Consideremos un día en la vida del señor Timoneda. Don Joseph Timoneda i Martinez se ha levantado temprano, ha cogido su utilitario para ir a trabajar a la fábrica, oficina o tienda, ha vuelto a casa a comer un arroz cocinado por su señora y más tarde ha vuelto de nuevo a casa después de tener un pequeño altercado con otro conductor a consecuencia de haberse distraído pensando en si le ascienden o no de sueldo y categoría. Ya en casa, ha preguntado a los críos, bostezando, por la escuela, ha visto en telefilme sobre la delincuencia juvenil en California, se ha ido a dormir y, con ciertas expectativas de actividad sexual, ha esperado a que su mujer terminara de tender la ropa. Finalmente se ha dormido pensando que el domingo irá con toda la familia al apartamento. Lo último que recuerda es a su mujer diciéndole que habrá que hablar seriamente con el hijo mayor porque ha hecho no se sabe qué cosa. Este es el inventario banal de un día normal de un personaje normal. La vida, dicen. Pero ATENCIÓN, si el señor Timoneda es un personaje ‘normal’, ‘medio’ y éste es un día normal, es porque estamos en una sociedad capitalista de predominio masculino, urbana, en etapa que llaman de sociedad de consumo y dependiente culturalmente de unos medios de comunicación de masas subordinados al imperialismo. El personaje ‘normal’, si la sociedad fuera otra, no tendría que ser necesariamente un varón, cabeza de familia, asalariado, con una mujer que cocina y cuida de la ropa y con un televisor que pasa telefilmes norteamericanos. Hablando de José Timoneda Martinez, consideremos ahora cómo incluso su nombre está condicionado por una red de relaciones sociales. Oficialmente no se llama Joseph Timoneda i Martinez sino José Timoneda Martínez, vuelve la cabeza cuando alguien lo llama Pepe, se cabrea en silencio cuando es el jefe de personal quien le llama Timoneda sin el señor adelante y, enérgica y explícitamente, cuando es un subordinado suyo quien lo hace; insiste o no en hacerse llamar Pepe por una mujer según el aspecto que ella tenga y se siente bastante orgulloso de ser cabeza de familia, porque así los niños han de nombrarlo según su cargo doméstico de ‘papá’. Hay mucho más, sin embargo, en su nombre mismo. No diré simplemente que si hubiese nacido en África quizás se llamaría Bambayuyu, que es un nombre muy sonoro y de un exotismo justificable por la diferencia de lengua. No. Sin salirnos de nuestro ámbito, observaremos que no naturalmente habría de componerse su nombre del nombre de un santo de la iglesia católica, de un primer apellido que transmitirá a sus hijos y que le vincula al padre de su padre y un segundo que no transmitirá y que le vincula al padre de su madre. Es solamente una forma. Podría llamarse Joseph hijo de Joan Timoneda o hijo de Empar Martínez, Timoneda Joseph o tomar el nombre de su origen y resultar Timoneda de Borriaña, o haber podido elegir, al llegar a mayor, el nombre o cuál de los dos apellidos prefería llevar delante. Podría ser de otra manera, pero ésta es la que le ha correspondido, ya que vive aquí. Son costumbres. Atención, sin embargo!!! Hay quien dice que ‘son costumbres’, como si, reconocido el carácter no natural de las maneras de vivir éstas fueran resultado de un puro azar, cuando en realidad nos reenvían una y otra vez a los datos fundamentales de la sociedad. El nombre del señor Timoneda nos da pistas sobre la influencia de la Iglesia católica y sobre el hecho de que los padres ‘pintan’ más que los hijos y el padre más que la madre. Eso en el nombre solamente. Los actos cotidianos del señor Timoneda nos proporcionan muchas más pistas. El señor Timoneda podría haber pasado el día de muchas otras maneras. Nada en su biología se lo impide. Podría haber trabajado en su casa, si es que se puede hablar de casa al mismo tiempo a propósito de un espacio de 90 m2, en un sexto piso y a propósito de un edificio que fue la casa de los antepasados y sigue siendo taller. La mujer del señor Timoneda podría haber estado haciendo parte de la faena del taller y el hijo mayor también mientras aprende el oficio del padre. El más pequeño de los críos podría haber pasado el día en la calle o en casa de otros vecinos, sin noticia ni deseo de escuela alguna. O bien, el señor Timoneda podía haber pasado el día cocinando para la comuna, por ser el día que le tocaba el trabajo de la casa, mientras los demás trabajaban juntos en el campo, en la granja o en los talleres, grandes o pequeños, todos proporcionalmente a sus fuerzas y habilidades; y al atardecer reunirse todos para reírse ante una televisión más divertida o para discutir ante emisiones más informativas. (...) El día del señor Timoneda podía haber sido, pues, muy distinto y también el de las personas que le rodean. Sería un error pensar que sólo podría haber sido distinto de haber nacido en otra época. Con el nivel tecnológico actual son posibles diferentes formas de vida. Esta pequeña introducción impresionista a ‘una sociología de la vida cotidiana’ insistirá siempre sobre esa misma idea: que las cosas podrían ser –para bien y para mal- distintas. Dicho de una manera más precisa: que no podemos entender cómo trabajamos, consumimos, amamos, nos divertimos, nos frustramos, hacemos amistades, crecemos o envejecemos, si no partimos de la base de que podríamos hacer todo eso de muchas otras formas. A menudo, cuando se muere un pariente, te atropella un coche, le toca la lotería a un obrero en paro, se casa una hija o te hacen una mala jugada, la gente dice: ‘¡es la vida!’ o bien ‘¡es ley de vida!’. Lo que hacemos no es, sin embargo, la vida. Muy pocas cosas están programadas por la biología. Nos es preciso, evidentemente, comer, beber y dormir; tenemos capacidad de sentir y dar placer, necesitamos afecto y valoración por parte de los otros, podemos trabajar, pensar y acumular conocimientos. Pero cómo se concrete todo eso depende de las circunstancias sociales en las que somos educados, maleducados, hechos y deshechos. Qué y cuántas veces y a qué horas comeremos y beberemos, cómo buscaremos o rechazaremos el afecto de los otros, qué escala y de qué valores utilizaremos para calibrar amigos y enemigos, qué placeres nos permitiremos y a cuáles renunciaremos, a qué dedicaremos nuestros esfuerzos físicos y mentales, son cosas que dependen de cómo la sociedad –una sociedad que no es nunca la única posible, aunque no sean posibles todas- nos las defina, limite, estimule o proponga. La sociedad nos marca no sólo un grado concreto de satisfacción de las necesidades sino una forma de sentir esas necesidades y de canalizar nuestros deseos. Así, pensar una bomba nueva, desear una lavadora de otro modelo, comer más a menudo platos variados aunque congelados, valorar a los demás por el número de objetos que poseen y dedicar los esfuerzos afectivos a asegurar el monopolio sentimental sobre una persona no es más ‘humano’, no es más ‘la vida’, no es más ‘natural’ que pensar nuevos trucos de magia recreativa, desear más sonrisas, hacer una fiesta el día en que sí que comes pollo-pollo o valorar a una persona porque tiene más capacidad de gozar que tú y está dispuesta a enseñarte. El amor, el odio, la envidia, la timidez, la soberbia... son sentimientos humanos. Pero, ¿en qué cantidad y a propósito de qué los gastaremos? ¿Es lo mismo odiar a los judíos que a los subcontratistas de mano de obra? ¿Es igual envidiar ahora la casa con jardín y piñada de un poderoso, cuando quedan ya pocos árboles, que cuando eso sólo representaba un símbolo de poder o de prestigio? ¿Es igual amar a una persona sometida que a una persona libre? ¿Se puede ser tímido del mismo modo en un mundo donde es convenientes ser presentado para hablar con otro que en una sociedad donde todos se tutean, tratando de imponer una familiaridad que no siempre deseamos? ‘Nacer, crecer, reproducirse y morir’. De acuerdo, eso hacemos. Pero ¿acaso no importa cómo y cuándo naces, qué ganas y qué pierdes al crecer, por qué reproduces y de qué y con qué humor te mueres? El señor Timoneda se levanta cuando el satélite artificial se hace visible en el cielo de su ciudad. Antes de salir de su cápsula matrimonial mira a su compañero, dormido todavía y se coloca la escafandra individual. Hoy es un día especial; la lotería estatal sortea simultáneamente los quince que serán autorizados para procrear, los mil treinta y uno que se someterán a las pruebas de guerra bacteriológica y sesenta y dos viajes a los carnavales de Río para dos personas y una mutante. Sale a la calle ya dentro de su heteromóvil y choca enseguida con otro. Se matan los dos conductores y el viudo del señor Timoneda es obligado a seguir la costumbre de suicidarse en la pira funeraria. ¿Es natural eso?
Esa sociedad imaginaria resulta ser capitalista, postnuclear, despótica, de atmósfera precaria y homosexual neomachista. Es una sociedad posible. Podría ser anticipada proyectando y acentuando los rasgos de la sociedad capitalista actual y suponiendo que hubiese tenido lugar, tras una rebelión feminista aplastada, una eclosión de la homosexualidad reprimida acompañada de un explícito cultl al mahco. La persona lectora tiene ante sí ahora otra sociedad. ¿Es la única
posible? Tal vez diga que no, porque personalmente apuesta por el socialismo. ¿Pero qué socialismo? ¿Un socialismo donde sólo cambie la forma de gestión del capitalismo? ¿Una sociedad igual a ésta excepto en el precio más barato de los electrodomésticos? AH!!! Un poco de distancia respecto de su entorno no le vendría nada mal al lector o a la lectora.
“Lo crudo y lo cocido”
No recuerdo si en Sociología de la vida cotidiana (Joseph Vincent Marqués, al que nunca pude volver porque nunca reencontré en ninguna librería ni de aquí ni de allá) o en La construcción social de la realidad de Berger y Luckamnn, leí sorprendida la explicación básica de lo social: todos tenemos la necesidad de comer, pero cómo satisfacemos esa necesidad es lo que nos diferencia.
Es probable que todo esto haga a una “globalización” de la forma alimentaria (de aquellos que en el mundo comemos) y de así serlo sería una de las mejores o menos lacerantes, si bien modifica costumbres, gustos, tradiciones que eran propias de nuestro gusto a la hora de comer.
lunes, enero 22, 2007
lunes, enero 15, 2007
jueves, enero 11, 2007
miércoles, enero 10, 2007
Hace no sé que tiempo ya
Hace no sé qué tiempo ya
que no le digo a alguien te quiero.
Qué extraño es todo
por donde he estado.
Qué días más lejos del amor.
Hace no sé qué tiempo ya
que estoy sentado maldiciendo,
sumando noches, restando sueños,
maldito por mi maldición.
Nunca he servido para lo que
me ha tocado, desde que no sé
qué causa te alejó.
Puede que fuera causa mía,
pero quién recuerda causas
cuando el tiempo es más dolor.
Mis labios se han endurecido
para decir palabras bellas.
Qué duro es todo lo que yo digo.
Qué suave todo lo que sueño.
Hace no sé qué tiempo ya...
(1969) Silvio Rodriguez
Deseos 2
Quiero mucho de todo esto:
Un helado de chocolate blanco y menta granizada
El aire en la cara por Colón, con un saquito
Las calles de Granada a la noche
Punta del diablo y Balizas
La pileta de Vicente López ( puede ser de otro lugar)
Santiago, Francisco y Felicitas (en orden de aparición)
El sol en el balcón de Alberdi
Las cenas por Caballito
Ganas de hacer cosas todo el tiempo
Dormir y mirar películas una tras otra
La comida y el vino
Recordar para poder seguir...
Deseos
martes, enero 09, 2007
Tendencias
lunes, enero 08, 2007
Modernidad líquida
Por Silvia Bacher
La vida moderna tiene más de moderna que de vida, afirmaba contundente Mafalda décadas atrás. Es que en las grandes urbes sobrevivimos a un ritmo desenfrenado, que se potencia al final de cada año como si aquello que tenemos entre manos no pudiera pasar del 31 de diciembre. En cada trámite, en cada brindis, ponemos en juego el cierre de un acuerdo tácito para –a la mañana siguiente, pasados los saludos de rigor– comprobar, una vez más, que nada era ni tan urgente ni tan imprescindible. Este sinsentido volátil y estresante es el que recorre cada línea de la obra Vida líquida, del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. La vida líquida es devoradora. Asigna al mundo, a las personas y a todos sus demás fragmentos animados e inanimados el papel de objetos de consumo, reflexiona Bauman. ¿Qué variedad de celulares, cámaras digitales, play stations puede precisar un ser humano? ¿Con qué frecuencia pueden cambiar los gustos musicales de las audiencias estimulados por los 40 temas top? ¿Qué espacio social les queda a aquellos a quienes Bauman denomina "consumidores fallidos" porque sus cuentas bancarias no dan abasto con los deseos de consumo perentorio, y cuál el que resta para aquellos que llama cáusticamente "infraclase" porque ni siquiera llegan a tener su cuenta bancaria? Los valores, los acuerdos y los modelos se transforman constantemente. Lo que era positivo pasa a ser su opuesto en poco tiempo. Lo interesante pasa a ser aburrido, lo cuestionable se torna aceptable sin reflexión ni compromiso. El mundo que vivimos es complejo y su esencia –inasible para la mayoría– está en permanente transformación. Niños, jóvenes, adultos, fluyen en ese devenir alocado apto para estimular prejuicios, generar odios, promover violencia. Pero si la vida líquida nos impulsa a correr, si las preguntas cambian todo el tiempo, ¿para qué aprender de la experiencia?, ¿cuál es el desafío de la educación en el tiempo líquido?, ¿qué sentido tiene que la escuela modifique cada 5 años –como propone la nueva Ley de Educación– sus contenidos curriculares? Tal vez la respuesta esté una vez más en la educación, pero sólo si ésta es capaz de actuar como un ancla que permita pensar y transformarse en la vela mayor que ponga rumbo y evite tanta vida desperdiciada. Entonces la pregunta podría reformularse: ¿puede ayudarnos la educación a caminar sobre arenas movedizas? La pregunta, claro, no es nueva. Pero no por antiguo el debate pierde actualidad. Bauman nos apunta una vez más al señalar que en el contexto líquido, para que la educación y el aprendizaje sean de alguna utilidad deben ser continuos y extenderse a lo largo de toda la vida. En nuestro país acaba de aprobarse una nueva Ley Nacional de Educación. El artículo primero afirma que la educación y el conocimiento son un bien público y un derecho personal y social, garantizados por el Estado. Este deberá asignar más recursos, construir nuevas aulas, contratar más maestros, e invertir en equipamiento, en formación docente y en salarios dignos para poner la ley en acción. Y así y todo no sería suficiente, porque en un contexto líquido, en el que los vínculos humanos se tornaron frágiles, fugaces, heridos de injusticias y marginación, no es suficiente una ley para cambiar la mirada. La educación es un acto de generosidad, de confianza, de esperanza, de transmisión. Por eso es imprescindible el compromiso individual y social, que alcanza al Estado y a cada ciudadano. Si es posible pedir un deseo para este nuevo año, que sea para que cada ser humano busque a través de la educación explorar sus propios límites, para no quedar entrampados en ese desasosegado modo de mirar la vida sin comprender y logremos así que el mundo sea un poco más acogedor. Para todos. * La autora es especialista en temas de educación y comunciación
jueves, diciembre 21, 2006
Celebración mensual.
Celebro febrero con mis verdades asumidas.
Celebro los besos increíbles de marzo.
Celebro abril y mayo de viernes madrugados y vinos solitarios.
Celebro junio de trabajos intensos, de viajes cortos y de nuevos colores.
Celebro julio y las estrellas en su habitación.
Celebro agosto y septiembre de ilusiones perdidas y de música encontrada.
Celebro octubre de soledad verdadera.
Celebro noviembre y diciembre lleno de música, consejos por mail y agradezco tu ausencia.
martes, diciembre 19, 2006
lunes, diciembre 18, 2006
Pelis.


martes, diciembre 12, 2006
10 de diciembre.
Vamos a festejarlo
vengan todos
los inocentes
los damnificados
los que gritan de noche
los que sueñan de dia
los que sufren el cuerpo
los que alojan fantasmas
los que pisan descalzos
los que blasfeman y arden
los pobres congelados
los que quieren a alguien
los que nunca se olvidan
vamos a festejarlo
vengan todos
el crápula se ha muerto
se acabó el alma negra
el ládron, el cochino
se acabó para siempre
hurra
que vengan todos
vamos a festejarlo
a no decir la muerte
siempre lo borra todo
todo lo purifica
cualquier día la muerte
no borra nada
quedan siempre
las cicatrices
hurra
murió el cretino
vamos a festejarlo
a no llorar de vicio
que lloren sus iguales
y se traguen sus lágrimas
se acabó el monstruo prócer
se acabó para siempre
vamos a festejarlo
a no ponermos tibios
a no creer que éste
es un muerto cualquiera
vamos a festejarlo
a no volvernos flojos
a no olvidar que éste
es un muerto de mierda
Mario Benedetti
jueves, diciembre 07, 2006
Rutinas.
Me levanto a las 10.00
Empiezo a trabajar a las 11.00
Almuerzo a las 14.00
A la tarde, las compras para la cena.
De 18.00 a 22.30 sigo trabajando.
Quizás la música suena en la compu.
A la 1.00, el MP3.
Lo peor es que me gusta...
